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LEONEL LIRIO

Carlos Espinal.
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Carlos Espinal. (Foto: Fuente externa)
Elenco La Lechuga
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Elenco La Lechuga (Foto: Fuente externa)

LA LECHUGA, ¿A quién le toca cuidar lo que queda de Papá?

El dramaturgo venezolano César Sierra sorprende con su obra presentada en 17 países y traducida a 4 idiomas. En la sala Ravelo del Teatro Nacional, una excelente puesta en escena nos sumerge en un drama sobre relaciones disfuncionales, destacando las actuaciones de Carmen Rosa Molina, Miguel Alcántara y Sabrina Gómez. La producción, dirigida por Carlos Espinal, aborda temas universales como el cuidado de los padres mayores.

Descubrir al dramaturgo venezolano César Sierra, cuya obra ha sido presentada en 17 países y traducida en 4 idiomas, resulta una fascinante sorpresa. Llegué a la sala Ravelo, de nuestro Teatro Nacional, como amante espontáneo del teatro y atraído por el excelente reparto de la obra y, por supuesto, porque Carlos Espinal nos tiene acostumbrados a la excelencia tanto en sus montajes como en sus actuaciones, muchas y tan memorables como los años que celebra en las tablas.

Mis expectativas se cumplieron al máximo, pues, tratándose de un autor desconocido para mí y un título sugestivo que provoca curiosidad, nos adentramos en un drama cuya exquisita puesta en escena nos pasea por la intensidad del tema tratado, con cinismo, provocador de carcajadas secas, sonoras y tan profundas como el dolor identificador de cualquiera de los espectadores que acuden a la sala. Esa historia, alguna vez, nos toca a todos en nuestras fibras más íntimas.

Desde el inicio, la atmósfera se recrea sobre un elegante apartamento, un espacio escénico moderno pero sobrio y con detalles de buen gusto, todo recreado por la arquitecta Ángela Bernal, que lo logra a plenitud con magistral experiencia y cumpliendo a cabalidad con el postulado fundamental del diseño: FUNCIÓN.

La presencia en la sala se complementa con la pareja de actores: Carmen Rosa Molina y Miguel Alcántara, quienes desde el inicio transmiten el hastío, la desidia y la insoportable levedad de las parejas en las cuales el amor pasó de largo. Dorita, en la piel de Carmen Rosa Molina, nos sorprende una vez más con matices y preguntas repetidas, logrando excelentemente una actuación memorable, angustiante e intolerable, tal como seguro el autor concibió a esa mujer cuyo objetivo personal era parir hijos y criarlos, sin importar si era o no feliz. Su marido, Víctor (Miguel Alcántara), implacable e incapaz de tolerar a su compañera, lo asume el reconocido actor, humorista y libretista de éxito local, cuya actuación lo dimensiona, consiguiendo darle cara propia a un ser egoísta, engreído e incapaz que, como Víctor Martínez, no ha logrado hacer nada importante en su vida. El actor nos transmite, de principio a fin, una gran actuación.

Entre discusiones y desacuerdos de una relación imperfecta, hace su entrada Virginia Martínez (Sabrina Gómez), quien, de principio a fin, nos hace sentir su carácter como actriz, orgánica, fuerte, imponente y dispuesta a superarse a sí misma, asumiendo a disgusto esa especial característica común a las familias latinas, donde la hija debe, casi siempre, hacerse cargo de los padres y con ellos, los problemas y la carga económica que esto implica. Sabrina se desdobla con fuerza natural pero contundente; su voz se hace sentir al unísono con su imponente personalidad en la escena y en cada reto que asume. A lo largo de la trama, le tocarán momentos difíciles que la harán conseguir, con su personaje, una actuación memorable.

Cuando entra en escena Vinicio Martínez (Carlos Espinal), asumiendo la doble función de director y actor, con un personaje retante para cualquier actor, su experiencia se deja sentir y alcanza un nivel que domina a la perfección durante toda la obra. El hermano mayor, soltero, con otra notable preferencia sexual, egoísta e incapaz de hacerse cargo de otra cosa que no sean su perro, sus gatos y su individualidad. Evidentemente, nunca fue favorito de su padre, ni como hijo mayor ni por ninguna otra causa afectiva. Una vez más, Carlos Espinal nos lleva por su exitosa carrera, demostrando que el éxito no es casualidad, sino trabajo, disciplina y calidad.

Al final, se suma a la escena el experimentado actor Mateo Gómez, con su Héctor Córdoba, desdoblado en un argentino, esposo de Virginia, quien ha tenido que cargar durante 9 años con lo que queda de su suegro, consumiéndose en una cama, en interminable agonía y con la carga económica propia de estas largas enfermedades que desgastan a las familias, sobre todo, cuando el desprecio es superior al afecto, como en el caso de los Martínez, cuyo objetivo será poner de manifiesto los defectos y la implacable culpa entre unos y otros, para no asumir el deber de los hijos con sus padres. Mateo Gómez, con todo y el acento argentino, logrado con su veteranía y calidad de forma orgánica, nos aporta carácter, reproches y toma de conciencia a los hijos sobre la situación de su padre, logrando con calidad su personaje. Cada actor logra su momento en grande, en una producción sin desperdicios.

Mención destacada para Marcos Malespin, cuyo sello estilístico y experimentada calidad se siente en el vestuario, en la imagen y la estética. Los hermanos Martínez no solamente tienen en común la V en sus nombres (Vinicio, Virginia y Víctor) sino piezas combinadas en tonos monocromáticos, con piezas de estilo (de pies a cabeza) magistralmente concebidas y logradas por Marcos, que son parte esencial de la atmósfera recreada en el montaje. Felicitaciones para este gran profesional.

La lechuga, más que un vegetal noble, inofensivo, nutritivo y saludable que solo con agua tiene, le presta al autor su nombre para lograr un drama cuyos textos son comunes a todos los que nos haremos mayores, con y sin recursos económicos, ante la falta de quién nos va a cuidar hoy, mañana y siempre. Una excelente producción teatral, bien actuada y que debe ser vista por todos como un llamado a la conciencia y al deber que implica el amor.

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